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RELOJ
"Nuestras horas son minutos
cuando esperamos saber,
y siglos cuando sabemos
lo que se puede aprender."
Antonio Machado
Desde que era un niño me fascinan los relojes de arena, recuerdo las visitas a casa de unos amigos de mis padres que poseían uno, no de aquellos pequeños enganchados a un baldosín a modo de souvenir "recuerdo de Almería". Este era uno enorme, o por lo menos así se me antojaba al sujetarlo entre mis entonces todavía pequeñas manos, mientras mi madre me advertía: "deja eso quieto, que lo vas a romper" y su amiga restaba importancia y consentía que lo manipulase, eso si, sin dejar de clavar su mirada de reojo. "Una hora", me decía. "Cuando caiga el último grano de arena habrá pasado una hora". Y con mis ojos como platos me quedaba allí, tota
... ...si quieres leer másMICRORELATO
MICRORELATO 2
DESLIZANDOME

Me deposité en su frente con suavidad, y lentamente empecé a deslizarme, primero bajando hacia su ojo derecho, que al notarme se cerró con delicadeza, permitiéndome el camino hacia su mentón, el cual acaricié a mi paso, y dejándome llevar por la gravedad, mi siguiente etapa fue su cuello, cuya piel se erizó a mi paso y lo recorrí perezosamente, comprendiendo el placer que le causaba.
Siempre descendiendo, llegué a su pecho, que voluptuoso parecía querer detener mi avance, así que desvié mi camino entre sus dos senos, para continuar con mi paseo, ahora ya resbalando por su barriga, entreteniéndome en su ombligo, que de un respingo me obligó a continuar el tránsito, por lo que seguí bajando, y dejando a un lado su vello púbico, rocé su ingle para pasar a la parte interior de su muslo y así, avanzando, llegué a la parte inte
... ...si quieres leer másLA PUERTA

Los goznes estaban trabados y los dientes de la cerradura, muy probablemente cubiertos de orín, no permitían el giro de la llave, de manera que todo parecía haberse conjurado para que aquella puerta permaneciese cerrada, encajada casi herméticamente en su marco. Solo ocasionalmente ligeros hilillos de luz, apenas perceptibles, se filtraban entre la puerta y el suelo y a través del agujero de la cerradura, apenas lo justo para que su tenue claridad iluminase la estancia confiriéndole un aspecto sombrío y desangelado, y aun así suficiente para poder moverse dentro de ella sin tropezar, aunque siempre con todos los movimientos previamente ensayados de antemano. Era la luz que, otrora, había dado a la sala lo mejor de sus días, acogiendo en su interior a los invitados más alegres, cuyo alborozo
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